Si la escritura me conforma, la cerámica me ha dado un lugar en el mundo.
No se me ocurre un momento más crítico en mi vida -al menos hasta ahora- como la etapa anterior a decidir coger el camino de la cerámica. Tuve la suerte de poder escoger libremente, y tal vez esto era lo que más me aterraba: la responsabilidad de una decisión totalmente propia. Creo que no hay una sola razón por la que decidiera cerámica, y a veces me sigue sorprendiendo.
La cerámica me permite hablar de cómo veo el mundo sin necesidad de encontrar palabras ni metáforas conceptuales que se acerquen a ello. Tal vez sí que busco metáforas visuales: un color, una textura, una línea. Al fin y al cabo, el barro me permite llevar la poesía a un terreno físico y palpable. Siento que es un camino tan extenso que aún ni siquiera he podido darme cuenta de su máximo potencial, pero en esto estoy. Probando.
Primavera, verano, otoño, invierno también fue mi proyecto final de mi formación en cerámica.
Hacía un par de meses que había publicado mi poemario, así que decidí hablar de lo mismo pero en este nuevo material, el barro.
El concepto es el paso de las estaciones y la circularidad del tiempo a través del lenguaje de la naturaleza, lo cual me permite abrir interrogantes como por qué vemos más belleza en una flor fresca que en una seca, o por qué la semilla es el inicio y no el estado de putrefacción. Acostumbrados a observar el tiempo como algo lineal, necesitamos un punto de partida (el germen) y un final (la descomposición), pero si lo convertimos en un círculo, estos juicios desaparecen.
A partir de aquí, escogí la forma esférica como punto de partida de todas las piezas del proyecto, que llegaron a ser 12, cada una intervenida con una intención y técnica diferente para que representaran un punto concreto del ciclo natural. Éstas fueron, a su vez, colocadas en círculo para mostrar que ninguna tenía protagonismo sobre la otra: no existe ni principio ni final.
¿DE DÓNDE SALE LA E CON CINCO PALOS?
Para “decidir” si realmente quería empezar un camino profesional hacia la cerámica, decidí ir a Barcelona a cursar un intensivo de torno de un fin de semana. Cuando acabamos y estábamos en el ajetreo de recoger y limpiar, la profesora nos avisó que teníamos que dejar apuntada antes de irnos la firma que nos pondrían en las piezas antes de cocerlas y enviárnoslas. Entré en pánico, no había pensado nada, quedaría gravado en mis primeras piezas para el fin de los tiempos y soy muy indecisa.
Me imagino que, en un acto inconsciente de conectar el jugar con el barro y la infancia, recordé que cuando de pequeña aprendí a escribir mi nombre dibujaba las E con 5 palos. He decidido no cambiarla, pues creo que si hubiese tenido mucho tiempo para pensarlo no hubiese llegado a una mejor opción, y por fidelidad a la Irene niña que hoy sigue jugando con las manos.
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